Por: Valeria Ysunza

Hablar del plástico, de su excesivo uso y de la cultura del reciclaje que se está generando en torno a él está en boga. Tanto en las redes sociales como en las agendas de las políticas ambientales se tocan problemáticas y se crean campañas relacionados a este derivado del petróleo. Pero más allá de que esté de moda hablar de los popotes y de la contaminación que causan, lo cierto es que es un hecho muy real el consumo desbordado por doquier de dicho material industrial. Con esto hemos llegado tan lejos, que hemos alcanzado el mar. Muchos productos plásticos que se arrojan a la gran masa de agua flotan miles de kilómetros y se acumulan en ciertos puntos del océano debido a las corrientes marinas rotativas, llamadas “giros”, formando islas. Es preocupante que la actividad humana haya sido capaz de formar nuevas superficies insulares de desechos del tamaño de México. Y aunque las imágenes de pingüinos caminando sobre los plásticos sean noticias fake que se crearon en el marco del “April’s fool” (un día de bromas que se celebra en Europa), con el propósito de concientizar a la sociedad, hay panoramas que no son tan lejanos. Al parecer, los pingüinos aún no son amenazados por la basura plástica, tanto como otras especies marinas, pero sí de la sustancia orgánica oscura de la cual deriva: el petróleo.

Así como las guerras provocan crisis humanitarias y desastres ambientales, por sus incontrolables incendios, sus inmensas columnas de fuego y sofocantes nubes tóxicas que arrasan cualquier especie, como lo vivido en la Guerra del Golfo Pérsico en 1991; en los últimos años, los accidentes por derrame de petróleo cerca de las costas surafricanas han impactado de manera negativa a los pingüinos, poniéndolos en “peligro de extinción”, junto con otras causas, como la caza y el cambio climático. Por un lado, los mapas muestran que una de las rutas más frecuentes de los buques petroleros es la del paso frente a los litorales del sur de África, donde se conectan los océanos Atlántico e Índico -el espacio marítimo con mayor tráfico petrolero del mundo-; mientras que, por otro, las cifras indican una drástica disminución de la población del pingüino africano (Spheniscus demersus): de 200 mil ejemplares en 2000 a 55 mil en 20101.

Las caricaturas nos han hecho creer que los osos polares y los pingüinos conviven en el mismo hábitat helado. Pero, ¿es cierto esto? Esperamos no decepcionarte ni frustrar parte de tu infancia al decirte que ambos animales marinos viven en cada extremo del planeta, y que los pingüinos alcanzan a vivir en lugares menos fríos. Los primeros se sumergen en las aguas árticas, es decir, del Polo Norte; mientras que los segundos nadan en las aguas de la Antártida, Nueva Zelanda, sur de Australia, las costas de Perú y Chile, y Sudáfrica. Únicamente encontraremos a una especie un poco perdida, más allá de las latitudes comunes y atravesando la línea del ecuador, en las Islas Galápagos.

Como hemos visto tanto en las caricaturas como en documentales, una de las principales características de estas aves que no pueden volar es su forma de andar. Los primeros navegantes portugueses que los describieron los llamaron pájaros niños o pájaros bobos por su torpeza para desplazarse en el hielo, igual que la de un niño aprendiendo a caminar2. Pero no despreciemos del todo su habilidad para moverse, ya que su cuerpo junto con sus plumas y sus alas están completamente adaptadas para convertirlos en unos excelentes nadadores y buceadores.

Sin embargo, todas estas grandes cualidades que tienen los pingüinos al nadar son limitadas por la marea negra que generan los derrames petroleros, ya que dificultan la movilidad necesaria para comer y huir de sus depredadores, así como también deteriora la capa aislante de plumas, lo que les ocasiona hipotermia.

A pesar del panorama desalentador, aún queda en nuestras manos ofrecer posibilidades para que el daño por la contaminación petrolera a los pingüinos africanos no se vuelva completamente irreversible. No se trata de salvar solo a una especie, sino a todo un sistema biológico y equilibrado del cual dependen unas especies de otras para vivir. Por eso te queremos invitar a que formes parte del voluntariado en la Ciudad del Cabo, en Sudáfrica. La experiencia que tendrás al atender a estas aves para que vuelvan a estar saludables, seguramente será inolvidable, sabiendo que estarás aportando en algo para ayudarlas a volver a su hábitat natural.

VIAJA A SUDÁFRICA